Cada nueva edición del Diccionario de la Lengua Española suele producir un cierto revuelo relacionado con las palabras que se le incorporan o las que se eliminan, con el suavizado de ciertos términos, o con sus presuntos contenidos machistas. Curiosamente, nunca se discute uno de los mayores casos de confusión relacionados con la obra y con la casa que la elabora: sus propios nombres. Es curioso que el organismo que cuida de nuestra lengua haya andado tan errático a la hora de definir con solidez unos aspectos tan básicos. La Real Academia Española tiene un problema de marca. DICCIONARIO

Una Academia con dos nombres: el real y el extraoficial

El público en general -incluso el que consulta con frecuencia el Diccionario, ya sea en su versión en papel u online-, no parece tener muy claro cómo se llama la Institución responsable de él. Para algunos es la Real Academia Española, y para otros la Real Academia de la Lengua, añadiendo en ocasiones el adjetivo “española”.

FACHADA

El nombre real es el primero, como puede comprobarse con sólo buscar una fotografía de la fachada de la Institución. Sin embargo, y este puede ser el motivo de la proliferación del nombre “oficioso”, resulta algo confuso: lo lógico es que una Real Academia Española se ocupara de muchos temas, además de la lengua, relacionados con España (De hecho, también hay una Real Academia de la Historia que, esta sí, tiene indicado su cometido en su propio nombre), pero la explicación tradicional ha sido que se llama así por ser la Real Academia que se ocupa de la Lengua Española. Como si la palabra “lengua” se hubiera caído en algún momento del proceso de denominación.

Y tan llamativa es esa caída, que la gente, quizá de forma inconsciente, creó su propio nombre para la Academia, simplemente porque les sonaba más lógico. De ahí que durante mucho tiempo hayan convivido ambas denominaciones; si utilizamos Google Trends, podremos ver cómo a mediados de la década pasada el nombre oficial y el oficioso convivían en igualdad de aceptación, hasta ser casi sinónimos. Sin embargo, en los últimos años la marca oficial parece estar ganando terreno en la aceptación popular.

ACADEMIA

Pero la cosa no termina aquí.

¿Cómo se llama –de verdad- el Diccionario?

La confusión de nombres se extiende también en la Academia con su obra más popular. Es muy común denominar al diccionario con unas siglas “de marca” DRAE, que corresponderían al Diccionario de la Real Academia Española; pero el nombre auténtico de la obra -no hay más que ver la portada- es Diccionario de la Lengua Española, por lo que sus siglas deberían ser DLE, aunque no haya constancia de que jamás las haya utilizado nadie.

A diferencia del nombre auténtico de la Institución, que sí parece estar imponiéndose entre el público, con el Diccionario parece que los académicos decidieron en algún momento tirar la toalla, rendirse a la presión popular y aceptar las siglas que utilizaba todo el mundo (incluidos algunos periodistas). La consecuencia es uno de los pocos casos en el mundo donde un producto es conocido popularmente con unas siglas que no corresponden a su nombre.

Y lo más curioso es que, el propio nacimiento del Diccionario, fue pensado precisamente para no ceñirse a los usos del pueblo llano, sino para guiarle en el buen uso de la lengua: por eso su nombre inicial fue el de Diccionario de Autoridades, ya que empleaba como ejemplo el uso del español que hacían los grandes autores –las “autoridades” del título- para indicar cómo debía hablarse y escribirse correctamente, o según se lee en su texto, el “bien hablar y escribir”.

Ello se debió, en buena parte, a que en la sociedad de principios del XVIII –el Diccionario fue publicado entre 1726 y 1739-, las marcas personales más poderosas, además de las de los políticos y altas autoridades, eran las de los escritores, subidos a la cresta de la ola del auge de la literatura occidental.

Y para acabar, un detalle llamativo: el término DRAE no aparece en el diccionario.

DRAE


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