Era febrero de 1897. El ilustrador Frederic Remington llevaba semanas en La Habana enviando telegramas a su jefe en Nueva York con el mismo mensaje desesperante: no hay guerra. La situación es tensa, pero no hay combates, no hay imágenes dramáticas que dibujar. No hay historia.
La respuesta que recibió de vuelta —y que Remington afirmó haber recibido, aunque la historia no haya podido verificarla del todo— se convertiría en la frase más famosa del periodismo sensacionalista de todos los tiempos:
“Tú pon las fotos. Yo pondré la guerra.”
Quien supuestamente la escribió fue William Randolph Hearst, propietario del New York Journal. Y lo más inquietante de la historia no es si la frase es real o apócrifa. Lo más inquietante es que la guerra llegó de todas formas.
Dos periódicos, una guerra de egos
Para entender lo que ocurrió en 1898 hay que retroceder unos años y entender la batalla que se libraba en los quioscos de Nueva York entre dos hombres: William Randolph Hearst y Joseph Pulitzer.
Pulitzer, inmigrante húngaro llegado a América sin un centavo, había construido el New York World desde la nada hasta convertirlo en el periódico más leído del país. Su fórmula era simple pero efectiva: historias humanas, denuncia social, titulares impactantes y un precio asequible para las clases trabajadoras.
Hearst, heredero de una fortuna minera californiana, decidió que quería lo que tenía Pulitzer. En 1895 compró el New York Journal y comenzó una guerra de precios, de titulares y de talento —literalmente robó a los mejores periodistas de Pulitzer ofreciéndoles el doble de sueldo.
Lo que empezó como competencia empresarial derivó en algo mucho más peligroso: una carrera por ver quién publicaba la historia más escandalosa, más dramática, más emocional. Los hechos se volvieron secundarios. Lo importante era vender periódicos.
Cuba: el escenario perfecto
Cuba llevaba décadas intentando independizarse de España. En 1895 estalló una nueva insurrección. El general español Valeriano Weyler respondió con brutalidad, confinando a la población civil en campos de concentración —los llamó reconcentración— donde murieron decenas de miles de personas por hambre y enfermedad.
Para Hearst y Pulitzer, Cuba era un regalo del cielo. Un conflicto con todos los ingredientes: un imperio europeo decadente, un pueblo oprimido, mujeres y niños sufriendo, y todo a apenas 150 kilómetros de las costas de Florida.
Hearst envió a sus mejores corresponsales, entre ellos al escritor Richard Harding Davis y al ilustrador Frederic Remington. Pulitzer hizo lo mismo. Y ambos periódicos compitieron ferozmente por ver quién contaba los horrores más impactantes, reales o exagerados.
Nació así el periodismo amarillo —yellow journalism—, un estilo que priorizaba el impacto emocional sobre la verificación, la indignación sobre la información.
El Maine y el detonante
El 15 de febrero de 1898, el acorazado estadounidense USS Maine explotó en el puerto de La Habana. Murieron 266 marineros americanos. La causa de la explosión nunca se determinó con certeza —los indicios apuntaban a un accidente interno en la sala de máquinas—, pero eso no fue lo que publicaron Hearst ni Pulitzer.
El New York Journal de Hearst tituló: “El barco de guerra Maine fue destruido por una trampa traidora del enemigo”. Sin pruebas. Sin verificación. Con una ilustración dramática que mostraba submarinos españoles colocando minas bajo el barco.
El New York World de Pulitzer no fue menos sensacionalista. Y los demás periódicos del país, incapaces de competir con los recursos de Hearst, reprodujeron las versiones más dramáticas.
El clamor popular fue inmediato: “¡Recuerden el Maine! ¡A la mierda con España!” —“Remember the Maine! To hell with Spain!”— se convirtió en el grito de guerra de todo el país.
En abril de 1898, Estados Unidos declaró la guerra a España. En apenas cuatro meses, España perdió Cuba, Puerto Rico y Filipinas. El Imperio español, agonizante desde hacía décadas, recibió el golpe de gracia.
El precio de las palabras irresponsables
La guerra duró 113 días. Murieron más de 3.000 soldados americanos —la mayoría por enfermedades, no en combate. Murieron decenas de miles de cubanos, filipinos y españoles. Un imperio colapsó. El mapa del mundo cambió.
¿Cuánto de todo eso fue consecuencia directa del periodismo amarillo de Hearst y Pulitzer? Los historiadores debaten. La situación en Cuba era objetivamente grave y la presión por intervenir existía antes del Maine. Pero nadie duda de que la prensa sensacionalista aceleró y amplificó el camino hacia la guerra.
Años después, Pulitzer, que vivió lo suficiente para arrepentirse, dedicó parte de su fortuna a fundar la escuela de periodismo de la Universidad de Columbia y el premio que lleva su nombre, concebido precisamente para distinguir el periodismo riguroso del amarillo. Una especie de penitencia pública.
Hearst nunca se arrepintió de nada.
La lección de comunicación
La historia de Hearst y Pulitzer no es solo un episodio del pasado. Es el guion que se repite cada vez que el impacto emocional desplaza a la verificación, cada vez que el titular importa más que la verdad, cada vez que el volumen del mensaje sustituye a su solidez.
Las fake news no las inventó internet. Las inventó la prensa amarilla del siglo XIX. Lo único que ha cambiado es la velocidad a la que se propagan y la facilidad con la que cualquiera puede convertirse en Hearst con un smartphone.
La responsabilidad del comunicador —sea periodista, líder, directivo o cualquier persona con voz pública— es exactamente la contraria a la que ejercieron Hearst y Pulitzer: no amplificar lo que genera impacto, sino verificar lo que merece ser dicho. No crear urgencia donde no la hay, sino calmar el ruido cuando el ruido es el problema.
Porque las palabras tienen consecuencias. A veces, mueven ejércitos.
Para saber más
Para profundizar en esta historia, recomendamos The Yellow Kids: Foreign Correspondents in the Heyday of Yellow Journalism de Joyce Milton, y el trabajo historiográfico de W. Joseph Campbell en Yellow Journalism: Puncturing the Myths, Defining the Legacies (2001), que desmitifica algunas de las versiones más exageradas del episodio sin restar un ápice de su gravedad.
Y si quieres ver la historia en vídeo, aquí tienes el episodio de Historias de la Comunicación dedicado a Pulitzer, Hearst y las fake news que hundieron a España.



















